Los poetas nacidos en los años 70 y comienzos de los 80 han sentido predilección por el tema de la maternidad o de la paternidad, que han abordado desde distintos ángulos desde sus comienzos. Así, por ejemplo, Miriam Reyes (Espejo negro) y Yolanda Castaño (Materia) explicitan en sus obras la renuncia voluntaria a los hijos e incluso explican sus variadas razones para no tenerlos. Por su parte, Andrés Neuman (El tobogán) se dirige a una hija futura para darle consejos con los que bregar por la vida. Rubén Martín Diaz y Jorge Fernández Gonzalo dedican poemas a sus vástagos para celebrar que existen (Fracturas, Un tigre se aleja; Como un buzo en medio del desierto). Por otro lado, Andrés García Cerdán (El gran amor) y Ariadna G. García (Adamar) brindan testimonio en sus libros de los avances y logros de sus descendientes. A su vez, Nieves Chillón (Atlántida), Olga Novo (Los líquidos íntimos) y la propia Ariadna G. García (Ciudad sumergida) escriben versos a modo de mantras para que los embriones arraiguen en el útero. Y, por último, cierra este sucinto repaso Joaquín Pérez Azaústre con su estremecedor Defender El Álamo, donde explora las grietas que produce la paternidad ausente.
En efecto, Azaústre aborda un motivo original e íntimo, que hunde sus raíces en la biografía del poeta. Se trata de un breve poemario en cuanto a la extensión. Apenas tiene 47 páginas. Sin embargo, sus 650 versos retumban en la mente de los lectores, que se sienten atravesados por las emociones de impotencia, dolor, nostalgia y fortaleza allí expresadas.
El título del libro remite a la célebre película de vaqueros El Álamo, protagonizada por John Wayne. El coronel Travis, al frente de una pequeña guarnición formada por 156 hombres, se encarga de la protección del fuerte, asediado por el imponente ejército mexicano. El largometraje y el libro comparten el mismo espíritu irredento, la misma fe en la victoria, el entusiasmo común por la defensa de una causa que parece perdida. Con ese guiño culturalista, marca de la obra de Azaústre sobre la que luego volveré, el poemario adquiere una dimensión épica. De modo tal que conjuga la sensibilidad de la lírica, su musicalidad, con el desarrollo narrativo y la misión del héroe, con aproximan al libro a los cantares de gesta.
El poemario comienza in medias res. Un padre escribe a un hijo al que no ve. Un hombre se desarma de su yo patriarcal y expone sin pudor lo que le daña, se muestra vulnerable, se desnuda delante de su hijo, cuya sola existencia lo mejora. Las analogías con Ismaelillo, de José Martí, son evidentes. Escribía el icono de la poesía cubana: «Hijo: / Espantado de todo, me refugio en ti». Y leemos en Defender El Álamo: «Y yo estaré contigo / en tu sombra despierta que es mi mejor refugio, / mi cobijo y mi sueño». De igual modo, ambos niños encuentran un hogar en brazos de sus padres. Festejaba Martí en aquella obra: «Monarca de mi pecho, / montado alegremente / sobre el sumiso cuello». Y recuerda Azaústre: «Tú acunado en mi brazo, / con la cabeza cerca de mi pecho, / como su ya pudieras descifrar mi latido».
Uno y otro poeta exhiben con orgullo su fragilidad ante el hijo que aman. Martí se convierte en su vasallo; Azaústre, en víctima rescatada de la fatalidad: «porque ya me has salvado». Ambos niños, a su vez, reúnen cualidades que comúnmente se asocian al rol masculino (fortaleza, valor), sin renunciar por ello a esos otros valores vinculados al esterotipo femenino (delicadeza, afecto, sensibilidad). Leemos en Defender El Álamo: «Porque tú ya eres fuerte. Eres tierno y hermoso». El hijo huele las flores y toca los panderos al tiempo que no teme volar en un avión que lo lleve hasta su padre. Además, los dos progenitores lamentan las ausencias de su niño cada amanecer. Añora Martí: «Por las mañanas / mi pequeñuelo / me despertaba / con un gran beso». Azaústre, desde un presente de ausencia y en otro continente, rememora el pasado con su hijo con la intención de convocar un futuro: «Pero la permanencia será tiempo ganado / porque quiero poder decirte buenos días / cada vez que despiertes, / y quiero darte el baño de la tarde».
El poeta cordobés evoca la mitificación de la noche en Argel, junto a su retoño, gracias al ritmo cadencioso y pausado del verso alejandrino. De hecho, es el metro más utilizado en Defender El Álamo. La gravedad que imprime a la lectura el metro largo, divido en dos tramos, es la adecuada para la expresión del misterio, pero también para transmitir la resistencia, el dolor, la ciega confianza y la dulzura: «Y yo quiero vivir y que tengas un padre».
Decía antes que un rasgo de la poética de Azaústre es el culturalismo. En este poemario, las alusiones a Luke Skywalker o al Capitán Trueno no son guiños a los lectores para retarles a interpretar el código; ambos son héroes compasivos. Simbolizan la tenacidad, la nobleza y el poderoso lazo de la amistad. Un espejo donde mirarse. No es la suya la fuerza del hombre de frontera, solitario, sino la de quien ha tejido una red de afecto que puede sostenerle y confía en ella. Frente a Invisible (la novela de Eloy Moreno, de 2018, en la que su joven protagonista, víctima del bulling, se refugia en sí mismo y es salvado por su profesora de Literatura, acosada de niña por otros estudiantes), Defender El Álamo muestra a un joven que, reconociendo su fragilidad, pide ayuda a su madre y explica su tragedia en un vídeo. Se trata de un joven indefenso pero fuerte. En el poema donde Azaústre borda este asunto, “La identidad secreta de Keaton Jones”, no sólo se pondera un nuevo modelo de masculinidad, sino que se establece una relación de analogía entre progenitores. El padre del crío que vive en Argel y la madre del muchacho maltratado por otros escolares comparten un mismo sufrimiento por el hijo. Los une la desazón por no poder estar junto a quien aman cuando los necesitan, por desconocer la cara oculta del hijo, aquella que no ven por la distancia o por las circunstancias domésticas (el trabajo, el instituto). El poema, por lo tanto, es un canto a la solidaridad entre un padre y una madre modernos, como los hay a cientos, que sufren por un contexto familiar y social para el que nadie los había preparado.
En realidad, Defender El Álamo actualiza el motivo de la separación. Martí escribió Ismaelillo a modo de puente con el que superar el abismo que lo separaba de su pequeño Francisco José. En su caso, fue el exilio la causa del distanciamiento físico, que no sentimental. Azaústre dedica el poemario a su Joaquín, al que tan sólo ve por videollamadas, debido a una ruptura de pareja. El vate cordobés, rompiendo prejuicios culturales, da nombre a todo aquello que le duele. Así, confiesa: «Dile a un padre que suba en ese avión / sin mirar atrás», «Intento no mirar / a las parejas jóvenes con niño». Con todo, la obra se levanta como un fuerte contra el abatimiento, «es un lugar de fe». El amor de verdad se basta por sí mismo para ser. Y ese amor se destila en versos tan sobrecogedores como hermosos. El padre ve a su hijo en todas partes: «De pronto me apareces, en una niebla exhausta / y sé que eres un sueño». Y decía Martí: «Yo sueño con los ojos /abiertos. (…) Un niño que me llama / flotando siempre veo». El evidente diálogo con el poeta cubano sirve para apuntalar anhelos antropológicos, adaptarlos a su realidad histórica y para demostrar que existe otra manera de ser hombre, al margen de la androcéntrica: dedicada al apoyo emocional del hijo ausente, a la exteriorización del duelo íntimo y a la declaración de la añoranza.
Defender El Álamo supone el regreso a la poesía de Joaquín Pérez Azaústre tras una larga ausencia de nueve años. Su obra la componen nueve poemarios. Sin lugar a dudas, sus mejores títulos son Las Ollerías (Visor, 2011) y el libro que nos ocupa hoy. Entre los dos hay vínculos estéticos. En ambos cabalga su sintaxis sobre el alejandrino, abundan las imágenes telúricas y el poeta-artesano ofrece lo mejor de cuanto tiene. Pero, sobre todo, sendas obras constituyen un díptico paterno-filial. En efecto, en Las Ollerías abundan los poemas que celebran al padre, que rinden homenaje a su presencia, al estímulo diario que prodigaba al hijo desde la niñez. Baste citar piezas como “La zanja” o “Los nadadores”. En Defender El Álamo, Joaquín toma el testigo de las manos paternas y emprende una carrera por el hijo. Es su turno, ahora, de prodigar consejos y alentar. De remangarse los brazos y sostener al pequeño Joaquín con sus palabras. El poeta ha cerrado un círculo perfecto dedicado al amor más desinteresado y verdadero. Al más puro. Al que vincula a un padre o a una madre con su hijo.
Defender El Álamo
Joaquín Pérez Azaústre
47 páginas
Visor, 2026


