Asistí, emocionada, a la presentación de Muda de invierno (Sonámbulos, 2026) de Ana García Negrete, en la librería Gil, acompañada de Maru Bernal y una sala abarrotada de personas que volvimos a descubrir la fuerza de una poeta enorme que crece en cada libro y se derrama para decirnos su esencia y descubrir su magia generosa. Me perdí la presentación en la Vorágine.
No he querido resistirme a copiar, textualmente, lo que figura en su calendario al anunciarla:
¿Qué nos impulsa a alejarnos de una realidad abusadora del cuerpo, del corazón y la mente, que impide la reflexión y el pensamiento, para tomar contacto con el origen y la naturaleza en busca de silencio que dé lugar a nuevas palabras? ¿Cómo reacciona nuestro cuerpo ante el ruido constante, el bombardeo de acontecimientos inabordables, estímulos que, a menudo, restan energía vital a la vez que exigen una productividad en todos los órdenes inalcanzable? En la contraportada del libro, Noni Benegas lo resume así. «Este libro recoge un largo viaje; una aventura del alma en busca de la soledad, pero no de la melancolía. Un viaje sin apenas certidumbres, pero con la fe de quien elige mudar como nacer. De quien busca hablar en resonancia con un interior que aún ha de entregar su fruto. Alguien que necesita un cambio de sentido de su vida en armonía con la tierra. Y alza un bosque de palabras que acompaña el cambio de las estaciones. Y se mimetiza con el pájaro mediante una prosa lírica deslumbrante, que pauta el rumor de lo naciente. Este viaje de Ana García Negrete es un viaje de iniciación y descubrimiento. Un extravío, un éxtasis Y un reencuentro con el mundo desconocido que está en nosotros, y magistralmente la autora nos invita a recorrer.
Y quien, como yo, no estuviese ese día allí, puede escuchar íntegra la citada presentación en este enlace ( https://www.youtube.com/live/wzsz6ZmvUqw ) y comprobar que Ana habló desde la pasión, la solidaridad, y, por qué no decirlo, la indignación, tras escuchar el final de la votación que tumbó (en el Parlamento, donde debería vivir la soberanía popular), los dos decretos de la vivienda. Aún no había fallecido Maricarmen, pero sus palabras me representan y me interrogan. No pude terminar de escucharla sin que las lágrimas mojasen mis mejillas y la vergüenza, el dolor y la rabia, me acercase al suyo.
Según la editorial, el viaje que propone Ana en Muda de invierno es, fundamentalmente, interior, aunque huya de un yo ensimismado. La soledad que busca el libro no es aislamiento y, menos aún, melancolía. Es una soledad fértil: la que permite distinguir de nuevo las cosas cuando se ha reducido el volumen del mundo. La editorial lo define como un «viaje iniciático del alma en busca del silencio y la renovación», y esa condición de tránsito recorre sus noventa páginas.
Buscando la soledad, Ana, afirma:
He salido a caminar en la misma soledad de tantos días. Pasan semanas sin ver apenas habitantes. Me pregunto cuántos fantasmas se refugian en esta tierra. En invierno ceden la palabra, no se inmiscuyen en el curso de la timidez de las copas, no interpelan el vacío de las casas, el abandono de las huertas congeladas por la cellisca. Parecen esperar el regreso a la azada de sus dueños espectrales. Vienen y van en los susurros que acerca el viento (p. 43).
Hay inviernos que llegan con el calendario y otros que se instalan dentro de nosotros. No necesariamente como tristeza. A veces el invierno es un lugar de espera, un tiempo en el que algo se retira para poder comenzar de otra manera.
A ese territorio pertenece Muda de invierno. El título contiene ya buena parte de lo que el libro va a proponernos. Mudar es cambiar, desplazarse, abandonar una piel. Pero «muda» es también quien permanece en silencio. Entre esos dos significados (transformación y silencio) se abre el espacio de estos poemas.
No se trata únicamente de marcharse a otro lugar. Ni siquiera de buscar refugio en la naturaleza. Se trata de comprobar qué sucede cuando una persona se aparta durante un tiempo del ruido que la rodea y decide escuchar.
Escuchar el agua. Los árboles. Un pájaro. La noche.
Y también aquello que, desde muy adentro, apenas conseguíamos oír.
Muda de invierno nació de una experiencia real de retiro en un molino junto al Ebro, en Valderredible. La propia poeta ha explicado que aquel paisaje no fue para ella un escenario, sino una manera de pensar: necesitaba que la palabra pensara y encontró allí, junto al río, el espacio desde el que hacerlo.
Esta idea me parece esencial para entrar en el libro.
Porque la naturaleza no está aquí para adornar el poema. No es fondo. No es postal. Ni siquiera es, en sentido estricto, refugio.
El paisaje interviene en la experiencia. La modifica. Obliga a mirar de otra manera. El río, la niebla, los árboles, las cortezas, los pájaros, las casas casi vacías empiezan a formar parte de un pensamiento que ya no se construye solamente desde la razón, sino también desde la contemplación.
Y contemplar no significa mirar distraídamente. Contemplar exige tiempo:
Eres palabra y memoria que arrastra el tiempo. / Al alentar la voz propagas su atracción: hilos recuperados / en el espejo contemplativo de un instante / que alejará el futuro / y su visión será memoria recreada (p. 75).
Quizá sea esa una de las palabras invisibles que atraviesan Muda de invierno: tiempo. Tiempo para detenerse. Tiempo para reconocer. Tiempo para recordar. Tiempo, incluso, para no entender.
Vivimos sometidos a una extraña obligación de responder inmediatamente a todo. Opinamos antes de pensar, miramos antes de ver y muchas veces hablamos antes de saber qué queremos decir. Frente a esa velocidad, este libro propone algo que podría parecer humilde, pero que hoy tiene casi algo de insurrección: detenerse.
La poesía siempre ha sabido algo de esa lentitud. Una palabra dentro de un poema pesa de manera distinta a esa misma palabra pronunciada al azar. El verso crea alrededor de ella un espacio. La obliga a permanecer un instante más ante nosotros.
Ana García Negrete lleva esa experiencia al centro del libro.
El invierno resulta entonces una elección perfecta. La naturaleza se desnuda durante el invierno. Pierde exuberancia, color, apariencia de plenitud. Parece detenerse. Pero no está detenida. Bajo la tierra continúa sucediendo aquello que todavía no vemos.
Quizá por eso la transformación que propone Muda de invierno no es espectacular. No asistimos a una revelación repentina ni a una de esas conversiones que dividen artificialmente la vida en un antes y un después. El cambio sucede de manera más secreta. Como suceden casi todos los cambios verdaderos. Algo se desprende. Algo se abandona. Algo empieza a mirarse desde otro lugar. Y, poco a poco, la palabra «muda» adquiere una profundidad mayor. Porque mudar no es solamente adquirir otra piel. Es aceptar que para hacerlo tendremos que dejar una piel atrás.
Toda transformación contiene una pérdida. Incluso aquellas que nos salvan.
Me interesa especialmente que el libro no convierta esta experiencia en una celebración ingenua del regreso a la naturaleza. Habría sido fácil hacerlo. Una mujer se aleja del ruido, encuentra un molino junto al río, camina entre árboles, escucha pájaros y descubre una verdad esencial. Pero las cosas no son tan sencillas. El mundo del que nos alejamos viaja con nosotros. Las noticias llegan. La memoria llega. Las preocupaciones llegan. Y junto al río aparecen también los rastros de nuestra propia manera de habitar el mundo:
Todo vendrá si acaso lo convocas // y cómo saber lo que yo misma y otros animales / crines huellas vemos aquí desde el ocaso si la corriente / no cesa imperturbable y ya la claridad en el silencio / necesario en nuestro cuerpo con los ojos vendado (p. 24).
No existe una naturaleza completamente ajena a nosotros, del mismo modo que no existe una soledad en la que podamos desprendernos por entero de cuanto hemos vivido. Eso salva al libro de convertirse en una bucólica contemporánea. La retirada no es una fuga. Es una distancia. Y a veces necesitamos alejarnos para poder enfocar.
Quizá sea esa distancia la que permite también que el yo poético vaya perdiendo protagonismo ante aquello que observa. La autora no parece querer apropiarse constantemente de lo que contempla para convertirlo en metáfora de sí misma. Y esto me parece importante. Un árbol puede recordarnos nuestra fragilidad, naturalmente. El río puede hablarnos del tiempo. Un pájaro puede suscitar el deseo de libertad. Pero antes de todo eso el árbol es árbol, el río es agua que transcurre y el pájaro posee una existencia que no nos necesita. Reconocerlo modifica la mirada. El ser humano deja entonces de ocupar siempre el centro.
En ese desplazamiento encuentro uno de los aspectos más contemporáneos y más fértiles del libro. No estamos ante la naturaleza contemplada desde fuera por una voz que la interpreta, sino ante una conciencia que intenta saberse dentro de aquello que contempla. Formando parte. No dominando. No explicándolo todo.
La propia estructura de los poemas parece buscar a veces ese mismo movimiento. Hay versos que se prolongan y otros que se quiebran; encabalgamientos, pausas, alteraciones del orden habitual de la frase. Carlos Alcorta ha señalado esa prosodia particular y la alternancia entre poemas extensos y breves que caracteriza el volumen. La lectura no siempre resulta cómoda. Y no creo que tenga por qué serlo. Hay poemas que obligan a regresar sobre un verso, reconstruir una frase, encontrar dónde respira realmente el pensamiento.
En sus mejores momentos, esa ruptura sintáctica posee pleno sentido: el poema no nos conduce por una carretera asfaltada, sino por un sendero. Hay que detenerse, volver atrás, mirar dónde ponemos el pie.
En algún momento, sin embargo, he sentido que la construcción se imponía demasiado a la emoción y que una mayor desnudez habría permitido que ciertas imágenes respirasen con más fuerza. Es un riesgo de la escritura que decide apartarse de la linealidad: la intensidad puede confundirse alguna vez con la dificultad. Pero también ahí se reconoce una voz que ha elegido su manera de decir. Y prefiero una poesía que arriesga su lenguaje a otra que no pone nunca en peligro su comodidad.
Hay, además, algo que me interesa particularmente en Muda de invierno: el silencio está lleno de sonidos. Parece una contradicción, pero no lo es. Cuando desaparece el ruido empezamos a escuchar. El agua contra las piedras. Las ramas. Un campano lejano. El aleteo. La tormenta. El viento. No son ruidos: son presencias. Una lectura reciente del libro ha subrayado precisamente esa convivencia entre silencio y sonidos naturales, como si la palabra poética necesitara disminuir su propio volumen para que el mundo pudiera hacerse audible. Y quizá escribir poesía consista muchas veces en eso. Callar lo suficiente para que algo pueda hablar. No encuentro en este libro una renuncia a la palabra, sino una desconfianza hacia la palabra innecesaria. Una búsqueda de aquella que permanece después de haber retirado las demás. Por eso el viaje exterior hacia el molino acaba convirtiéndose, inevitablemente, en otro viaje.
Pero utilizar la expresión «viaje interior» puede resultar engañoso si entendemos con ella un encerramiento del yo sobre sí mismo. Aquí sucede justamente lo contrario. Cuanto más mira hacia fuera la poeta, más profundamente parece reconocerse. No porque el paisaje sea un espejo perfecto de sus emociones, sino porque mirar algo con verdadera atención acaba interrogando nuestra propia manera de estar vivos. ¿Qué hemos perdido? ¿Qué conservamos? ¿Qué parte de nuestra vida pertenece todavía a quien fuimos? ¿Cuántas pieles hemos dejado por el camino? ¿Cuántas llevamos aún con nosotros sin saberlo?
La editorial presenta Muda de invierno como un viaje de iniciación hacia el silencio y la renovación, escrito desde ese extrañamiento voluntario a la orilla del Ebro. Pero creo que la palabra «renovación» debe entenderse aquí con cautela. No se vuelve nuevo después de un invierno. Se vuelve distinto. Que no es lo mismo. La memoria permanece. Las cicatrices permanecen. También los errores, las ausencias, los nombres que nos han acompañado. Mudar no consiste en borrarlos. Consiste quizá en hacerles otro lugar. Y ahí encuentro una de las verdades más hermosas del libro: cambiar no significa dejar de ser quien fuimos.
El árbol que brota en primavera es el mismo que perdió las hojas. Y no lo es. Nosotros también. Por eso, después de cerrar Muda de invierno, me queda menos la imagen de una mujer que se retira a la naturaleza que la de alguien que ha decidido someter su mirada a una experiencia de lentitud. Mirar hasta que las cosas dejen de ser aquello que creíamos conocer. Mirar el agua hasta que vuelva a ser agua. Mirar un árbol hasta que podamos desprenderlo de todas las metáforas con las que lo hemos cubierto. Mirarnos también a nosotros mismos sin exigirnos una respuesta inmediata.
Tal vez esa sea una de las funciones de la poesía. No contestar. No resolver. Ni siquiera explicar. Abrir un espacio donde la pregunta pueda permanecer durante un tiempo sin que sintamos la urgencia de clausurarla. Muda de invierno habita ese espacio.
Hay frío. Hay silencio. Hay memoria. Hay pérdida. Pero debajo de todo ello algo continúa moviéndose. Algo que todavía no tiene nombre. Quizá no necesite tenerlo. Basta saber que está ahí. Como la vida bajo la tierra en invierno. Esperando. Muda. Y, sin embargo, a punto de comenzar.
Muda de invierno
Ana García Negrete
90 páginas
Sonámbulos, 2026


