VIVIR EN EL INCENDIO: ‘Botadero’, de Luis Enrique Belmonte

El vertedero, o botadero, como alegoría del devenir del presente, de nuestras ilusiones, de una existencia que se resiste, valga la redundancia, al caos y a la desmedida. Esa es la base de este trabajo de Luis Enrique Belmonte (Caracas, 1971), que resulta un ambicioso y original poemario.

El autor construye un universo singular donde se amalgaman voces, personajes, objetos con, por momentos, aliento irracionalista pero sin llegar a abrumar con el conjunto. Estos componentes aparecen y se mueven por los versos sin colisionar, no se apelmazan. En ese sentido, destaca la atmósfera que crea, la cual provoca desasosiego e incomodidad pero, también, una pequeña nota de comicidad a través de la ironía. Esta, precisamente, desbroza una distancia que resulta imprescindible para salvar la adherencia biográfica y una contaminada empatía hacia lo que va a perecer que ubicaría al poemario en otros parámetros.

A pesar del registro narrativo y del prosaísmo de buena parte de los poemas, la dislocación que genera de ese cúmulo de elementos y los constantes encabalgamientos provocan un ritmo abrupto, cortante, que rompe una lectura automatizada y poco consciente.

Sus poemas nos llevan a escenarios donde se presiente el fin (“los días boquean”): el colapso, la muerte, la conclusión de una felicidad. Incide en lo irremediable de ese final: “Todo lo que se opuso a la debacle / ahora repta en el barro”. Sin embargo, como veremos más adelante, Belmonte guarda una salida tras la destrucción. En esa inminencia, emergen asociaciones monstruosas y un espectro mesurado de delirio que no rompe por completo el campo racional del lector. Se incide en lo extraño, en lo inquietante, antes que en la pesadilla o el alarido, los cuales podrían sacarlo de la lectura. Salvo algunos casos puntuales, la construcción de las piezas no está encaminada a un cierre climático. El escritor busca consolidar su atmósfera de malestar y decadencia para trasladar el ritmo del presente y la falta de esperanza actual que nos lleva a un “horizonte difuso”. Incluso, llega a ofrecer un poema de ficción especulativa (“2046”) donde nos enumera la degradación de la sociedad y del planeta. Con ironía, advierte del desastre ecológico al subrayarnos que “las abejas serán / seres mitológicos” (ese insecto esencial para la polinización, como sabemos).

El botadero físico aparece como alegoría en tanto acumulación de objetos y vidas; de desechos. Se puede rastrear cierta trasposición del sinsentido de nuestra sociedad, de nuestra forma de relacionarnos con el mundo. También como constatación del destino, del fin, donde todo yace sin sentido. Por otra parte, como en ese vertedero, con la acumulación de imágenes consigue subrayar la aspereza de algunas de ellas, sin llegar a la disonancia. Más allá del poder igualador de la muerte, expone que la muerte no unifica, sino que amontona, desprende toda identidad, desvaloriza en la acumulación y lo transforma en residuo. Por otro lado, llama la atención el acercamiento clínico a la muerte y a la enfermedad en algunos poemas que realiza el autor.

La crítica social se sitúa de manera subyacente en los textos, aunque puntualmente se coloca en primer plano o se pronuncia de manera explícita. El poeta, entonces, emplea otras alegorías que nos sitúan en la misma encrucijada: el desconcierto ante la hecatombe y la atracción anestesiante del autoengaño. Precisamente, en medio de la posmodernidad (“los grandes pensamientos / se despiezan en balbuceos”), señala cómo nos dirigimos al colapso sin ser conscientes, o bien tratando de ignorarlo: “Ningún animal con ala rota duerme tranquilo / mientras crujen las ramas / y se desbaratan los nidos”. Así, se transmite la agresión y la violencia del abuso de poder, la denuncia del control a través de la tecnología. Arremete contra el ritmo frenético al que esta nos empuja y la atrofia de elementos básicos de nuestra dimensión humana, como la falta de emociones o la desconexión con la experiencia plena que provoca. En contraposición, la dicha aparece en la vida sencilla, en las “cercanías” donde la experiencia se centra en disfrutar del presente sin proyecciones ni mediaciones.

Significativamente, recoge la inutilidad de la esperanza, lo absurdo de nuestros ritos de protección frente a la incertidumbre o el desastre, pues no apartan de asumir y encarar ese miedo. Con todo, sentencia que “es hora de salirse del pronóstico”. En el fondo, Belmonte alza una exaltación de la mezcolanza y reitera la inexistencia de los absolutos, o la impureza que siempre persiste en la artificial noción de pureza. La incorporación del campo semántico de la astronomía ofrece una nueva densidad y una dimensión más metafísica a su discurso.

Por su parte, diversos animales (en especial, aves) aparecen en los textos. Sirven de alegoría o, también, para levantar una distancia necesaria para abordar del colapso ecológico y de la sociedad. Igualmente, para manifestar el contraste entre la sencillez de la naturaleza y la corrupción ocasionada por la civilización. En cualquier caso, con ellos se aprecia la mirada delicada y atenta del poeta.

Sin embargo, conforme alcanzamos el final del libro, va brotando la esperanza en los versos. Varios poemas aluden a una resurrección tras la derrota (“vencido resurrecto”) hasta, por último, desembocar en el poema “Lo salvado”. Con esa singular estructura, en cierto modo como una interpretación del Apocalipsis cristiano y mitos similares, el autor encara y asume del desastre con la perspectiva de “perderlo todo / para volver a ver con claridad / los brotes que germinan en los esquejes”.

En suma, Luis Enrique Belmonte ofrece en Botadero un poemario incómodo que no busca deslumbrar, sino atender las cenizas y al propio incendio en el que habitamos.

Botadero

Luis Enrique Belmonte

80 páginas

Pre-Textos, 2025