El terremoto es la palabra en su encuentro. Entrevista a Elvira Hernández

Fotografías de Celeste Carnevale

La poeta Elvira Hernández, Premio Nacional de Literatura de Chile, arriba a Uruguay a finales de septiembre para participar del Mundial Poético de Montevideo gestionado por Martín Barea Mattos. Elvira no es afecta a los viajes, pero llega al país con una solvencia poco conocida. Recita en diferentes escenarios de la ciudad con el silencio que la caracteriza. Al principio parece una persona distante y seca, todo lo contrario a lo que resultó ser. La pasé a buscar a su hotel del centro de la ciudad y nos dirigimos a la librería club cultural charco para conversar sobre su obra y su trayectoria artística e intelectual. Ya en el camino nos preguntamos por nuestros lugares de origen, dónde habían nacido nuestros padres y sobre la primera infancia. Me dijo con mucho orgullo que su pueblo tenía solo dos semáforos, yo le dije que en el mío hay cuatro. También me contó que era la tierra de Rojas, otro Premio Nacional de Literatura. En cierto momento caminando le pregunto por Pablo Chiuminatto, fallecido súbitamente hace poco tiempo. Elvira reconoce enseguida su nombre y me cuenta de la juventud de Pablo, parecía intuir esa etapa germinal del artista multifacético. También me habló de una generación más joven que ella y que parecía despertarle interés y afecto. Me preguntó si iba a llover porque el cielo estaba todo pintado de gris, pero le dije que no, que en Montevideo el sol es un milagro durante el invierno. Caminamos durante veinte minutos y al llegar se pidió un café. Al principio parecía un poco tímida, pero, a partir de amigos en común, fuimos abriendo la charla. Elvira no sabe que yo admiro su obra. Intento esconderlo todo lo que puedo para no dejarla incómoda en ningún momento. Probablemente no lo haya conseguido.

Mauricio Cheguhem: Bueno, yo quería empezar preguntándote cómo fue la llegada al Mundial Poético de Montevideo. ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Fue por Martín [Barea Mattos] o por un interés en la ciudad?

Elvira Hernández: Bueno, la verdad es que siempre lo que mueve es la poesía. Yo creo que la poesía ilumina la ciudad, ¿no? Y a Martín lo conocí hace mucho tiempo atrás. Él llegó a Santiago; no nos pudimos poner de acuerdo en cuándo había llegado, pero en esa ocasión me regaló Made in China. Entonces, en ese período nos conocimos bajo el ritmo de Santiago, un ritmo un poco frenético. A mí me parecía que Martín se estaba despidiendo de Santiago, pero creo que pasó mucho tiempo. Y bueno, estar acá, siento que llegué a este lugar porque durante muchos años admiré a Onetti, Juan Carlos Onetti. Era como un lugar obligado para llegar. Cuando iba a Buenos Aires pasaba caminando frente a la estación del Retiro, lo hacía por Onetti y no por nada más. Entonces ha sido bello llegar acá.

MC: Y tu vínculo con la literatura uruguaya, ¿siempre fue Onetti, o hubo algunas otras figuras que te marcaron?

EH: Yo diría que él absorbía todo; era un poco mítico. Entonces La vida breve era, claro, un libro que yo diría que es descarnado, suavemente descarnado.

MC: Me gusta esa idea. Y bueno, entonces viniste aquí porque Martín te invitó. ¿Llegaste aquí por esa invitación?

EH: Mira, él me invitó. Recibí un par de invitaciones [con anterioridad], pero no pude llegar, lamentándolo. Y pensé que no iba a llegar, entonces sentí que tenía que forzar mi agenda porque yo creo que era o venir en este momento o ya no venir.

MC: ¿Pero por Montevideo o por los viajes en general?

EH: No. Por con muchas cosas, la verdad es que tanto viaje hace que yo no escriba. Entonces, a diferencia de los más jóvenes, que escriben en los viajes y escriben sobre los viajes, suelo embarcarme mucho antes y, cuando aterrizo, todavía no logro aterrizar bien; entonces el viaje sigue. Me cuesta.

MC: ¿Y siempre fuiste así con respecto a los viajes?

EH: Claro. Me estoy embarcando antes de tomar el avión, mucho antes, mucho antes, y luego desembarco mucho después de estar en el lugar. Entonces eso hace difícil después volver a sentarse en los lugares. Es decir, creo que soy muy enraizada. No sé, entonces me cuesta moverme.

MC: Y cuando decís «enraizada»: tu raíz, tu territorio, tu casa, tu escritura, ¿cuál sería esa raíz?

EH: Sí, yo creo que eso es un modo de vivir, el modo de vivir que se da en determinados lugares, ¿no? Que se da desde el momento en que alumbra el sol por un determinado ángulo hasta la noche. Donde pareciera que esa es una suerte de útero donde uno se desenvuelve, ¿no? Entonces eso hace que salir de ahí sea una exposición. Cuando uno está encerradita en un lugar.

MC: Sí, a mí me llama la atención porque soy mucho del viaje, y también me está pasando que no quiero viajar más, lo cual es algo raro. Y una vez me utilizaron una metáfora: una persona que quiero mucho, Amelia Gamoneda, me dijo: «Si tú no te mueves, tú te trasplantas». Esta idea de que no es lo mismo viajar que movilizar todas las raíces a un nuevo lugar, ¿no? Como esta idea de volver a sentirse en casa.

EH: No logro trasplantarme, sacar mis raíces. No quiero quedar en el aire.

MC: Entiendo, entiendo. Pero bueno, en todo caso, felices de que hayas tomado esta iniciativa de venir a Montevideo, de visitarnos. ¿Cómo encontraste la ciudad y su mundo poético?

EH: Bueno, primero la ciudad me parece maravillosa, aquí, a la orilla del agua. O sea, el hecho de estar al lado de lo que ustedes llaman el mar le da otra vida al movimiento de la ciudad, a la vida de la ciudad. Y creo que eso también influye en cómo se organiza un hecho de la vida cotidiana, sino también la vida de la poesía. Yo creo que he estado caminando y siento que la arquitectura, con los tejidos muy suaves, tiene mucho que ver con la poesía. Yo escuché durante un tiempo, pienso en [Roberto] Echavarren, con toda esa obra… También ese tejido de la palabra. Luis Bravo también, y Circe Maia. Que son los que yo he conocido más de cerca, que tienen, digamos, esa fineza para esparcir la palabra.

MC: Qué buena observación, esta comparación entre el diseño arquitectónico y la poesía. Te saco de Montevideo y te llevo a Santiago. ¿Hacés también algún paralelismo entre la ciudad de Santiago y la poesía de Santiago?

EH: Creo que sí. Es siempre esa comunicación que le ayuda a nuestra escritura. Estamos además bajo unas montañas enormes, que no vemos, digamos, pero que sí sentimos. Lo que no se quiere ver es porque, de alguna manera, se lo siente; uno no quiere volver los ojos hacia ellas. Nosotros no hemos querido conocer nunca la montaña.

MC: Ah, eso es muy interesante.

EH: Claro, o sea, porque conocer la montaña significa reconocerse al lado de ella. No reconocemos los Andes. Nosotros buscamos pasar por el aire a Buenos Aires, atravesar; no seguir la línea de las cordilleras, sino atravesar hacia el Atlántico.

MC: Ni siquiera el Pacífico: es un tema de ir al Atlántico. Es muy interesante eso de no querer reconocer la montaña, que es un paisaje que te devora, aunque es verdad que en Santiago hay veces que no se ve la montaña. ¿Y tú decís que aún hoy, en 2026 (no digo que lo firmes en piedra, pero como observación) sigue existiendo esta tensión en la poesía chilena, en la cultura chilena, de no querer ver la montaña?

EH: No, yo creo que no. Mira, quienes en definitiva han tomado eso de Jorge Tellier (porque sí, Jorge Tellier era alguien que sentía la tierra) ha sido la poesía mapuche. La poesía mapuche hace uno de los movimientos más interesantes dentro de la poesía chilena, con una cantidad enorme de poetas. Yo ya no los conozco a todos, pero con voces propias cada uno, de mucho interés.

MC: Estaba pensando también que [Nicanor] Parra ya había dejado una línea de trabajo en este sentido. Estaba pensando en los ecopoemas como un antecedente de lo que viene después.

EH: Lo que pasa es que yo creo que el discurso de Nicanor Parra con sus ecopoemas era discursivo. Tenía una discursividad que los mapuches no tienen. En los mapuches hay una palabra muy emotiva, sin discurso. Más como símbolo y no tanto como discurso. Yo diría que es una palabra… Yo la situaría a nivel de la pintura, una palabra más plástica, más colorida, más forma. Nicanor Parra dice: «La poesía se hace con ideas». Entonces tenía otra dirección.

MC: Entiendo perfectamente la distinción, es muy buena. Me gusta también que hayas traído el tema de la chilenidad, aunque un poco también yo te llevé allí cuando te pregunté por el paisaje. Sobre todo porque estaba revisando (y tal vez te aburra la pregunta) pero hace 45 años que salió ya La bandera de Chile. ¿Y qué quedó de todo ese Chile? ¿Y qué quedó de esa bandera?

EH: Bueno, mira, eso se escribió en la época de la dictadura y no se pudo publicar en Chile. Luego han venido más de 30 años, 40 años, de un tiempo posdictatorial en que buscábamos democratizar el país. Yo, en el año 2010, cuando celebrábamos el Bicentenario, sin querer queriendo escribí otro poema relacionado con la bandera, que se llamó “Remiendo a la bandera”. Tuve que ver la bandera histórica, la que usaron los próceres en sus batallas. La habían llevado a un taller en el Museo Histórico para remendarla y dejarla preparada para los actos. Y después fue como… cuando publiqué eso, pensé: «Nunca segundas partes fueron buenas». Pero al mismo tiempo se abrió un flanco que yo no esperaba, un flanco de escritura. Yo siento que la escritura es una cosa donde actúa más el inconsciente que el consciente. El consciente tiene que entrar mucho después. Entonces, al año siguiente escribí otro poema, porque ya tenía esa comezón y porque siguieron pasando cosas en el país. Como, por ejemplo, una inversión absolutamente irracional y estúpida para comprar banderas gigantescas, para enviarlas a todas las provincias. Bueno, una de ellas está frente a La Moneda, que es una cosa enorme, una gran inversión. Yo escribí algo que se llama “La aplastante bandera”. Ahora estoy viendo el contexto del texto. Y bueno, después escribí otra, que fue en el año 2018. Escribí otro poema que fue un hecho también muy interesante desde el punto de vista político: una visita que hizo Piñera a la Casa Blanca, donde estaba en ese momento el primer gobierno de Trump. Entonces él hizo una suerte de intervención, donde puso a la bandera de Chile colgada dentro de la bandera norteamericana. Me acuerdo perfectamente. Bueno, yo eso lo sentí como una provocación. Entonces escribí otro poema.

MC: Y esto es interesante, porque no fue solo un fenómeno de texto, de aquel pasado tan oscuro, sino que la chilenidad se concentra en tu escritura, en ese signo que es la bandera, no solo allí, sino en todo el período que viene después. ¿Y cómo fue en el contexto del estallido, en este sentido? ¿Cómo se vio esa bandera en el estallido?

EH: Bueno, también. Te termino de contar acá. Ahora está saliendo un nuevo ejemplar de La bandera de Chile, donde estamos reeditando la bandera histórica, por llamarla así. Y estos poemas que te mencioné, más dos que escribí, uno que coincide con el período del estallido y finalmente el último, donde cierro. Y entonces este nuevo ejemplar trae la bandera histórica, más estos cinco poemas que se llaman Bicentenarias. Creo que ya no sigo, porque el último poema es una línea que dice «La bandera de Chile, de cómo será su fin». Está por salir ahora, el 30 de este mes, en Chile.

MC: El texto La bandera de Chile representaba un montón para todos nosotros, pero no era solo Chile. Para nosotros era la bandera de Uruguay, la bandera de España, la bandera de Argentina. Es un texto increíble porque, si bien es algo muy local, hay una proyección en la que todos nos sentimos identificados en esa bandera. Y no sé si tuviste esa visión (no digo cuando lo escribiste, porque fue un contexto muy difícil), si sentiste que esta bandera de Chile puede ser la bandera de muchos países. Si has tenido esa recepción en algún punto, ¿cuál es tu opinión?

EH: No, mira, yo no suelo andar en ese tipo de cosas. Lo escucho ahora, de ti. Pero yo siento que, para seguir escribiendo, es necesario no preocuparse de los efectos de las cosas que uno escriba. Porque la escritura es una cosa absolutamente delicada. Siempre recuerdo algo que se habló de Huidobro. Huidobro, cuando estaba escribiendo Altazor, lo publicaron en una revista que editaba un español. Donde él encontró [-el español-] que esos poemas eran fantásticos y entonces se lo quiso decir a Huidobro. Huidobro estaba escribiendo eso y comentó después que eso era un gran problema. A tal punto que él dice: «Yo creo que Altazor habría sido un poema mucho más potente si Huidobro no se hubiese metido dentro del poema y hubiese sentido que estaba escribiendo el gran poema».

MC: Entonces, sí, es una muy buena reflexión.

EH: Sí. Porque se lo habló como el que es sabio en ese aspecto. Y sabes que, en determinados momentos, las cosas que uno escribe se separan de uno. O sea, desde el momento en que tú lo entregas a la imprenta, ya nos ha dejado de pertenecer. Ya no te pertenece. Y entonces es muy poco lo que puedes decir. Y claro, te llegan muchas cosas de retorno, pero quizás hay que agradecer, y uno siente que en algún momento eso era parte tuyo; ya no lo es.

MC: ¿Y creés que ese es un poco el vínculo que tenés con tus lectores?

EH: Yo creo que el vínculo con los lectores está ahí y está en lo que tú dices. O sea, eso se produjo [La bandera de Chile] en el momento en el que yo escribí, que fue mucho tiempo atrás. Y claro, la palabra ahora la tienen ellos, que yo creo que eso es siempre la última palabra.

MC: La última palabra es la de los que leen. Es muy bueno. En fin, también a mí como uruguayo me sorprendió mucho el día de la asunción de Boric, me impresionó que él te mencionara. ¿Qué te pasó al encontrar que un presidente electo, de repente, era un lector tuyo? ¿Cómo viviste eso?

EH: Sí, mira, yo sabía eso. Porque otras personas de la misma generación de Boric me contaban que ellos habían leído La bandera aquí, allá, en distintos lugares. Entonces yo, de hecho, algo sabía. Bueno, somos afortunados de tener un presidente que le dio suma importancia a la poesía, que en el país tiene una importancia. O sea, yo te podría hablar bastante sobre eso: de por qué hay tantos poetas y cuán olvidada es por la institución. Mira, Raúl Zurita está siendo postulado al Premio Nobel y a la poesía la borran de todas partes. O sea, hay que, en el fondo, brindarle apoyo a los más jóvenes que están escribiendo. Entonces el hecho de que haya un presidente que efectivamente haya dicho que la poesía es parte de su formación fue muy importante. Aun cuando la derecha ha usado eso con ironía.

MC: Ah, no sabía.

EH: Sí, como si fuera una tontería.

MC: ¿Y tú tenés respuestas a eso de por qué tantos poetas? ¿O no te interesa?

EH: No, porque Chile es un país con mucha carencia. Con mucha desigualdad. Con mucha hipocresía. Entonces, en esos lugares donde la prensa no dice lo que tiene que decir, la historia no cuenta lo que tiene que contar, las escuelas no enseñan lo que tienen que enseñar. En esos lugares aparece alguien que está dispuesto a decir todo lo que hace falta, de alguna manera. Porque lo único que se tiene en ese determinado momento de desnudez es la palabra. No tienes nada, pero tienes todavía la palabra.

MC: Nunca había escuchado esta idea. Me parece buenísima. Te cambio o sigo en tema: estaba buscando poemas tuyos y encontré uno que me llamó la atención: «Yo, Elvira Hernández». ¿Lo recuerdas, ese poema? Hay un verso que dice «la que se droga con el veneno pasado». ¿Sientes el peso del pasado? ¿En ese sentido, en ti?

EH: Mira, yo creo que siento que soy alguien a la que solamente podría ganar Dalí en memoria, porque él dice que tuvo memoria intrauterina. Yo tengo demasiada memoria y hay cosas que no las puedo olvidar. Ese peso es como una herida que no se cierra. Pero el pasado es la forma de una herida. Es el hecho de que tú no puedas olvidarte de estas cosas. Hoy día, para que tú puedas… Las familiares de los detenidos desaparecidos no pueden enterrar a sus seres queridos. Y yo creo que siempre fue muy difícil vivir. Yo creo que fue como a los 14 años que yo logré sentir cuál era la lógica de la vida.

MC: Sí, eso uno lo lleva.

EH: Eso uno lo lleva puesto, quizás sea tu piel. Eso te construye y, al mismo tiempo, te destruye, porque quizás la salvación (la poesía, la escritura) es una gran protectora. Permite que tú sigas y que sutures un poco ciertas cosas.

MC: Y ahora que decís eso, la poesía empezó en vos más o menos a los 14. O sea, que se da en paralelo con este proceso.

EH: Claro. Entonces, sí. Es como que la poesía sutura el pasado.

MC: Ha tenido mucho éxito Pájaro desde mi ventana. A mí, al menos, de todas, es de las que más me llega, debo reconocer. Y ya es una de las últimas. Y también es verdad que es un poemario que se da en un contexto de profunda crisis ambiental, ecológica y del vínculo con la naturaleza. Tal vez esa crisis ya existía, pero ahora es muy visible. Y una de las preguntas que me queda es esta evolución en vos, Elvira: desde aquel origen de La bandera de Chile hasta Pájaros desde mi ventana. Yo sé que la palabra «poesía y compromiso» es horrible, porque mucha gente la ha utilizado, pero sí noto una evolución en la temática del compromiso. Esos temas siempre estuvieron en vos, fueron aumentando con el paso del tiempo. Me refiero a la cuestión ecológica, la naturaleza, lo ambiental. ¿O no lo tomaste por ahí a la hora de la escritura?

EH: Mira, yo, yo me dirigía a otro lugar. Me interesaba llegar a un lugar y dedicarme a estudiar filosofía. Me interesaba eso. Y escribía, y escribía, yo diría, buscando ciertas cosas, ciertos motivos, y estaba muy influida por teorías literarias. Y todo eso se cayó cuando yo vi… Me di cuenta de que todas esas cosas que yo escribía no tenían sentido, era pura paja. Entonces me decía eso y, por mucho tiempo, pensé que no iba a encontrar palabra alguna para escribir. Yo volví a tomar en serio eso de escribir cuando estuve detenida y salí de ahí, salí con vida. Y ahí me di cuenta: eso fue un cambio, un antes y un después. O sea, yo dije: «Estoy acá y estoy viva». Entonces, en ese momento, yo escribo, escribo eso en un instante crítico. Pero es imposible que tú escribas algo y no quedes marcado por eso. O sea, todo lo que tú escribas te va a marcar de alguna manera. Y vas a tener que desprenderte de eso, o es porque quizás tu camino es otro. Cuando yo escribí Pájaros, sentí que yo me había conectado con algo, algo de todo aquello que yo alguna vez quise de otra manera. O sea, antes de ser detenida, antes de que viniera el golpe. Porque yo me vi como condicionada, si tú quieres. Salí de ahí en shock y di una respuesta a eso, porque era la única manera de seguir viviendo. Entonces, mi conexión con la literatura, que yo alguna vez tuve alguna remota idea, eso como que se lo había perdido. No me acordaba de nada. Pero sentí, cuando empecé a escribir los Pájaros, que había tomado algo de eso que alguna vez fue espectacular.

MC: ¿Y fue la primera vez que sentiste eso con Pájaros?

EH: Sí, porque todos los otros están metidos en otro lado.

MC: Me interesa esto de, no sé, tal vez interpreté mal, pero cuando comentabas de todo eso que habitaba tu mente antes del golpe, temas de filosofía, temas de teoría de la literatura, que luego se deshacen o se desarman frente a un evento histórico tan calamitoso, como que eso habría… Parecería que perdió su valor frente a un golpe. ¿Y por qué retomarlo después? No por qué retomarlo, porque no es… Porque, tal como tú lo cuentas, no es que tú dijiste: «Voy a retomar aquello». ¿Sentiste que había algo? ¿Y sentiste que te reconciliaste con eso?

EH: Yo creo que sí, digamos. O sea, yo creo que los Pájaros es un motivo universal. Sí. Entonces… Pero, mira, la escritura es tiempo. Entonces, bueno, todo eso uno no lo sabe. Todo esto que te estoy diciendo, decir en los momentos en que la escritura acontece, en que el acto poético se ejecuta, es una pequeña idea. Uno después puede reflexionar sobre ese tipo de cosas. Claro, en el momento de la escritura se juntan muchas cosas: cosas que tú has aprendido, cosas que has vivido… De hecho, en La bandera, parte importante de las imágenes son imágenes de mi infancia, ¿no? De cuando estábamos parados en la plaza. Entonces, todo eso entra en un estado de fusión y se verbaliza. Yo diría que la escritura es un momento en que uno está con fiebre y metida en un hervor, en una ebullición; está en una burbuja donde no está pensando en nada.

MC: Circe Maia, la poeta uruguaya, una vez dijo: «La poesía es la temperatura de la lengua». Me pareció una definición igual. Es hermoso. Es exactamente lo que estás diciendo, ¿no? ¿Has últimamente sentido esa temperatura?

EH: No, estoy escribiendo de otra manera.

MC: Ah, esto me interesa. ¿Cómo es escribir de otra manera?

EH: Sí, yo diría que escribo pero logro tener menos ese tiempo. Me cuesta más. Yo siempre he contado que escribía muy rápido, que era cierto, pero lo que pasa es que uno está constantemente escribiendo. O sea, en esta conversación yo creo que sigo escribiendo y eso en algún momento entrará. Porque uno está, no para. Y en algún momento, cuando estamos leyendo a otros autores, también estamos completando el puzzle de la escritura, porque, como decía, hacemos la escritura entre todos. Si no estuviera todo lo que está, todo lo que nos respalda, no podríamos seguir adelante. O sea, no es posible.

MC: Me gusta esto de otras formas de escribir. Parecería que eso de la temperatura tiene que ver con cierta euforia o cierto estado como de trance de escritura. Que no es trance, pero que es como un fuego, un fuego que quema algo. Y pensarse en la escritura con más calma parecería ser otra sensibilidad, pero muy necesaria. ¿Tú estás escribiendo?

EH: Sí, sí. Bueno, tú te vas a dar cuenta a lo largo del tiempo de que esa es una experiencia de existencia. O sea, uno tiene experiencia de oído y experiencia de escritura. La experiencia de escritura, ojalá uno se la pudiera comunicar al lector. Y uno, cuando lee, busca penetrar, cuando vuelve para atrás y relee ciertas cosas. Y tú te vas a dar cuenta de que, a lo largo del tiempo, vas a tener distintas experiencias de escritura donde algo, una cierta fuerza de concentración, ubica un nuevo punto.

MC: Muy bueno. Sí, porque uno pensaría que la experiencia de escritura es solo una o tiene solo un rostro, pero no, efectivamente no.

EH: Claro. Mira, es algo fantástico porque es la experiencia individual en el mundo que todos tendríamos que conocer.

MC: Me pasa algo, pero quería preguntarte cómo lo vivías vos. También un poco con la idea de este pasado que siempre está. Para mí la escritura es el lugar donde soy más feliz. ¿Eso te ocurre a ti también?

EH: Sí, claro. Yo encuentro eso, porque uno puede llegar a amar en el momento de la escritura.

MC: Para ir cerrando, esta entrevista tiene tres patas. Dos atendimos: Uruguay, Chile. Nos está faltando España. Por eso quería saber un poco tu visión de la literatura española. ¿Qué vínculo tenés con la literatura española actual, con España en general?

EH: Mira, bueno, yo he descubierto poetas de a poco. He leído los, yo diría, los antiguos. Pienso en Gamoneda. Eso es ya un clásico. Antonio Gamoneda. De la poesía más joven a María Ángeles [Pérez López], Olvido García [Valdés]…

MC: Sí. El problema es que no nos llega mucha poesía española.

EH: Aparte de María Ángeles [Pérez López], con la cual nos encontramos en distintos lugares, no hay un cruce con poetas españoles. Bueno, acá llegó Jordi [Doce]. Ah, sí, y Miguel Casado también. Con ellos nos hemos encontrado. A nosotros no nos llegan los libros de España, de los poetas españoles. No llegan a Chile. Entonces la manera en que nosotros sabemos de literatura española es cuando nos encontramos con los poetas y empezamos a investigar. «Sí, mira, Olvido, acá, allá». Muy artesanal todo.

MC: Comparto la admiración por Olvido. Es maravillosa.

EH: Sí, sí, es una gran poeta. Hay una poeta que está en el País Vasco. No me voy a recordar en este momento su nombre, que me la encontré. Empecé a buscar sus libros. Y estoy tratando de recordar los poetas del período de la Guerra Civil en España, que también los leí. Pero ya es un montón.

MC: Ya me hiciste un muy buen panorama.

EH: Sí, bueno, a ellos los he leído, que me resultan interesantes porque compartimos una mirada.

MC: ¿A cuáles te referís?

EH: Los poetas de posguerra me resultaron interesantes, como muy cercanos. Yo diría que después la poesía española, a partir de esa generación, los más jóvenes se van hacia otro lugar.

MC: ¿Sigue en otra dirección?

EH: Sí, sí, sí.

MC: Para cerrar, yo leí una entrevista tuya que dice algo que me pareció fascinante: «Me he templado en 12 terremotos». ¿Cuáles han sido esos temblores en tu poesía?

EH: No, el encuentro con la palabra. Cuando tú sientes ese vacío y cuando tú sientes que hay algo que tiene la palabra para decirlo. Ahí se genera ese magma tectónico. Sí, ese encuentro provoca un movimiento interno.

MC: Claro, porque cuando lo leí enseguida asocié a la historia tectónica de Chile y un poco con lo que me contabas. Pero quería saber cómo ves eso en la poesía. ¿Dónde estaba el terremoto? Yo lo puedo ver en algunas cosas, pero tu visión me gusta mucho.

EH: Sí. El terremoto es la palabra en su encuentro.

MC: Es algo precioso. Y algo que siempre los lectores quieren saber, que a mí me ocurre preguntar, pero quieren saber: ¿Y algo que estés produciendo ahora?

EH: Sí, tengo libros por terminar.

MC: ¿Querés contarme alguno o no?

EH: Quisiera poder terminar un libro que lleva mucho tiempo, que hay algunos poemas que están en la antología de Lumen y que se llama Cultivo de hojas. También lleva muchos, muchos años y tiene que ver con el mundo de la naturaleza. Ese también es un momento de mucha inseguridad, porque yo no sé si voy a poder. Yo te estoy diciendo que quiero terminar ese libro, pero no sé si se va a producir. Porque no es un asunto de voluntarismo.