En el centro del corazón, una matanza: Macromatadero, de Anna Cristóbal Lecina

Escribir para contar lo que hicieron con nuestros lugares de origen es un acto de valentía. Escribir, desde el amor, para hablar con nuestras madres y mostrarles todas las heridas que nos quiebran es un acto de valentía. Escribir para llorar por el amor perdido, para rompernos, para recordar y entrar sin escafandra en el corazón de la nostalgia es un acto de valentía. Macromatadero es un acto de valentía, un territorio poético que entrelaza el dolor con el cariño. Es una voz que habla sin miedo pero con “llagas en la boca”, unos brazos y unas manos que escriben con la piel agrietada por la “psoriasis”, un lenguaje herido que cuenta lo que somos, lo que son nuestras familias, nuestras amigas, nuestros escenarios remotos de la infancia.

Este libro es, en realidad, una constelación donde estrellas lejanas, separadas por años luz, comparten al fin coordenadas. Una constelación que nos habla sobre amores lésbicos que suceden en mitad de un pueblo sin memoria, al lado de un macromatadero donde son asesinados más de 32.000 cerdos al día. Hay deseo, sexo, sangre. Hay dolor, pena, culpa. Hay niñas y mujeres adultas buscando sin parar un lenguaje. Porque hablar desde el cruce de trenes, hablar de todo eso al mismo tiempo, no es posible con “una lengua estéril que no permite amarnos”.

El poemario abre vías y después las hace dialogar. O mejor dicho, abre las “venas” por donde circulan torrentes de sangre que vienen y van desde el corazón hasta la matanza.

Y, en el origen, las madres.

Anna escribe con cariño y con culpa sobre la relación con las madres. En plural, porque son varias, son muchas. La suya, las de sus amigas y amantes. Podría ser la mía también. Lo pienso cuando habla sobre las llamadas de “los domingos o después de cenar”, cuando recuerda el esfuerzo innato que ejercen al “cambiar pañales tras operaciones de cáncer”. Madres que nos cuidan, nos constituyen y un día también marchan porque “su tumor / que es el tumor de todas las madres / se había extendido por los mármoles de la cocina”.

Pero entonces la escritura coge la memoria y le da vueltas, como una peonza. Porque hablar con cariño a quienes nos dieron la vida es también querer cambiar lo que nos hizo daño en la infancia. Es dibujar una frontera, llorar delante de ellas y decirles “que lo que no se nombra no existe mamá”. Solo una hija que confía en que su dolor no será un eco perdido en la montaña es capaz de decir “tú lo sabías porque un día te hablé sudando y sin aire en el pecho / de una mujer a la que no me atreví a besar en una plaza de Viena”. Solo aquellos territorios que queremos resignificar son dignos del esfuerzo de articular un lenguaje herido.

Hay mucho de reconocimiento en los poemas. La necesidad de sentarse a hablar durante horas con el hogar familiar y convertirlo en un espacio que recoja también lo que somos las hijas de aquellas mujeres que a veces nos entendieron y otras veces “solo” nos amaron. Porque en el fondo “nosotras no queríamos / ver fracasar las promesas de nuestros padres (…) / creer su historia sin saber quiénes somos / amasar la vergüenza para ajustarnos a lo que no somos”. Quebrar los roles, impedir que la familia sea un simple decorado, un mero tránsito por donde pasar de puntillas, no ocultarles nuestras formas de amar, ni apartarlos de la posibilidad del diálogo. Es esto lo que ocurre y lo que derrama la sangre, porque hablar sobre y con nuestras madres es también doloroso.

Como lo es hablar sobre y con las amantes.

Esperamos que con ellas todo sea diferente, pero no sabemos bien cómo cambiar el rumbo; nos horroriza “amar como se amaban nuestros padres / pero tememos no saber vivir cuando ellos mueran”.

Anna no deja nunca de estirar la materia de la que están hechas las relaciones amorosas. Jamás se conforma. Lo digo porque es capaz, en un mismo poema, de hablar sobre la pérdida del deseo, pero también de la ternura del vínculo. Mientras se despiezan cerdos a unos metros de su casa de la infancia, ella reivindica la belleza y la complejidad que existe cuando dos mujeres se quieren haciendo explotar las alambradas que cercan sus vidas.

Tensa la cuerda una y otra vez porque no se conforma. Parece que al salir de la mordaza de un silencio impuesto lo único que quiere es elegir. Elegir cómo querer, cómo desear, cómo estar con las otras.

Por eso, se da cuenta de que el perímetro cerrado del amor y el deseo las aísla, “la familia tenía que ser la de las amigas / pero desde hace un tiempo caminamos de a dos / [con] nuestro dialecto cercenado”. Y, por eso, también, intenta abrirlo, porque es así como podrán imaginarse y construirse modos de querer distintos a aquellos que negaron su propia identidad durante tanto tiempo.

El amor y el deseo peligran enjaulados, hacen que “volver a ti ya no [sea] posible”. Pero también peligran cuando herimos a la mujer que nos acompaña. Cuando la hieren a ella “vuelve a temblar la sangre”. Y no duda en señalar la traición, en decir en voz alta que aquello debía ser distinto a la norma. Hay dolor porque nos tratamos con los mismos mecanismos que negaron nuestra existencia y “yo solo deseaba que al día siguiente no hicieras del cariño / un campo minado de palabras”.

Así como grita delante de su madre para hacerse oír, también alza la voz para decirle a la amante “yo ya no soy una niña / soy solo la que también te creyó”. Y con el corazón roto entre las manos y la sangre temblando, Anna consigue elegir. Se niega a imitar lo que “los hombres de la ciudad hacían con sus mujeres”. No quiere lastimar a otras “con la misma norma / que nos había devastado la infancia”.

En este cruce entre el deseo, el sexo, el amor, la asfixia y el daño aparecen las amigas como refugio, casi son un bastión sagrado. Es “en el pecho de nuestras amigas” donde podemos “aprender el léxico de su miedo”. Cuidarlas, dejarnos arropar, construir con ellas todos esos lugares que no sabemos nombrar todavía. Las amigas, que también fueron amantes a veces, son las que sostienen su lenguaje herido, su esperanza de que algo mejor podrá imaginarse y vivirse.

Y, frente a ellas, el macromatadero. Parece que Anna escriba colocando este lugar espeluznante en el centro y que dé vueltas a su alrededor. Su llanto, sus palabras de amor y sus gritos de desesperación hacia la madre y las amantes se solapan con los chillidos de los 32.000 cerdos a los que matan cada día: uno cada tres segundos. Cerdos que chillan “antes de ser envasados al vacío”. La sangre intoxica el ambiente, “inunda de vísceras los depósitos de agua / de un pueblo convulsionado por la amnesia en el que ni siquiera se puede beber agua del grifo”.

Y los ejecutores, en esto no hay duda jamás, son los hombres que como telón de fondo embrutecen el ambiente, “determinados hombres / que con sus voces / ensucian el mundo”. Como “ese criador que estampaba las crías de gato / en la pared de la casa donde pasábamos los veranos”. Portadores de la violencia, ella los mira y se pregunta: “¿Aquel señor entiende que aquello que arrasa no es suyo?”.

Pero también aquí, alrededor del macromatadero, puede haber complejidad, cruce de trenes. Ni los chillidos ni la sangre que inundan las entrañas del pueblo pueden silenciar el deseo de las mujeres que “más tarde” llegan a casa: “los purines se cuelan / en cada una de las habitaciones donde hacemos el amor / caladas por la humedad de la carne”. Hay sexo y hay ternura en un ambiente plagado de arterias y de olor a cerdo.

Y lo que queda, siempre, son preguntas. Repartidas por todas partes encierran respuestas escondidas sobre el amor (“¿pero todo lo que nos dimos / fue en realidad lo que quisimos darnos?”) y sobre una misma (“¿quién soy yo mientras aquella que sigue arriba mastica mi nombre?”).

El interrogante que sostiene toda la escritura, en realidad, quiere saber cómo quebrar los “imposibles”, cómo darle la vuelta al tiempo para volver a la infancia, cómo retener el deseo que aparece en los inicios de cada relación, cómo recuperar la sexualidad negada durante tantos años y sobre todo, qué futuro nos espera, “qué es lo que viene después de esto”.

Es el lenguaje lo que se busca en Macromatadero. La posibilidad de una lengua común / hablada por amazonas. Anna articula palabras una y otra vez, pero jadea porque como una niña exhausta atraviesa corriendo el pueblo y llega hasta nosotras para contarnos todos los secretos que lleva dentro, para hablarnos en un “alfabeto de viento y tierra”. Esa niña dice: “no tenemos más palabras / (…) ya no tenemos más palabras” y con ella caminamos “en dirección a algún lugar que no supimos escribir / que no pudimos vivir”, pero que sin embargo nos hace “creer que había tierra para la lengua que no sabíamos hablar”.

Solo puede conmover la imagen de esa niña-adulta que nos ha contado sobre el amor y el miedo y que ahora se sienta delante del macromatadero y piensa en las mujeres que amó. Conmueve porque se acomoda y se incomoda al mismo tiempo en el centro de su cuerpo y de su origen, en esa “tierra bañada por los aspersores”, como si la trayectoria fuese un círculo que la llevase de nuevo al lugar donde sus padres nacieron.

Cuando leo a Anna pienso: qué complicado hacer poema la contradicción que nos atraviesa. Hablar del sexo, del deseo y del amor entre mujeres, hablar de los temores de las madres, de la memoria rota de los pueblos y de los “hombres que esquilan a los cerdos para hacer de la carne algo más tierno”. Qué complicado y también qué valiente la manera en que nos coge con dulzura de la mano y nos lleva hasta una isla en llamas, arrasada por un fuego que no cesa. Siento su angustia, su falta de respuestas. Casi puedo verla tantear a ciegas en la oscuridad.

Y, sin embargo, no tengo miedo cuando entro al territorio de su poesía. Para explicar lo que me provoca necesito una lengua-otra, un lenguaje común que todavía no ha llegado, pues en el centro de mi corazón hay ahora una matanza y “vuelve a temblar la sangre”.

Macromatadero

Anna Cristóbal Lecina

104 páginas

Diputación Provincial de Soria, 2023